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Llego sábado 23. Correspondencia entre Ramón Barce y Elena Martín (1970 - 1977) y algunos recuerdos posteriores. 9788438105122

Llego sábado 23. Correspondencia entre Ramón Barce y Elena Martín (1970 - 1977) y algunos recuerdos posteriores

Alpuerto. 2018

Ficha técnica

  • EAN: 9788438105122
  • ISBN: 978-84-381-0512-2
  • Editorial: Alpuerto
  • Fecha de edición: 2018
  • Encuadernación: Rústica con solapas
  • Dimensiones: 17x24
  • Idioma: Castellano
  • Nº páginas: 340

Disponible

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PVP. 18,50€


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Segunda edición.
Ramón Barce, compositor, académico de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando y catedrático de Lengua y Literatura, fue una persona inteligente, sensible e inolvidable para quienes disfrutaron de su proximidad.

Elena Martín, médica, fotógrafa y escritora, ha recogido, ordenado y acompañado con pequeños textos las cartas que ambos se enviaron durante siete años, porque son hermosos recuerdos de una historia que merece ser compartida.

Este libro no es una novela rosa, sino la verdadera semblanza del amor, el dolor y la generosidad de sus protagonistas en unas circunstancias nada favorables para una vida libre, plena y feliz.

"'Mi ángel, mi todo, mi yo'. Las modernas tecnologías han destruido la comunicación epistolar, relegándola a una situación punto menos que residual. Las gentes se comunican hoy mediante el correo electrónico o los mensajes telefónicos, cuya inmediatez ofrece una incuestionable y venturosa utilidad frente al correo ordinario. El problema es el modo en que el lenguaje escrito se deteriora en esta clase de comunicaciones. Para el internauta actual lo único que cuenta es la estricta celeridad informativa, pero quien escribe una carta está obligado a la reflexión: la conciencia del tiempo forma parte de su labor, que le hace pensar en el modo en el que el receptor afrontará su mensaje y, en consecuencia, la propia imagen personal de ella derivada. La ortografía, la sintaxis, el peligro de la redundancia (pero también el del sobreentendido), son factores esenciales en la escritura de una carta, incluso de una simple tarjeta (son famosas las de Peter Altenberg, que Alban Berg transformaría en un memorable ciclo liederístico). De esa reflexión propia de la escritura que se confiará al servicio postal surgió un género literario, pero también una variedad narrativa: ni Werther ni Pepita Jiménez serían esas joyas que conocemos de no ser por el hecho de que sus autores adoptaron la variante epistolar, que era un modo de poner en escena in absentia el punto de vista del lector, substituido por el del destinatario de la correspondencia a través de la que se materializaba el relato...
El conjunto de textos que aquí se ofrece es la materialización literaria de una historia de amor verdadera, un amor real que no aspira a otra eternidad que la de los múltiples momentos mínimos, los incesantes destellos de un afecto emocionante por su veracidad, por su humanidad, por su carencia de pretensiones o de trascendentalismos. No procede preguntarse si se trata de un texto o de un conjunto de textos inspirados o geniales: pero sí resulta meridiano que esta serie de cartas, contestaciones y comentarios escritos sin la menor pretensión de perdurar, anclados en la irremediable fugacidad del instante, exhiben algo sumamente difícil de encontrar y, por ello mismo, hondamente conmovedor: la sinceridad más absoluta, sinceridad que no constituye solamente un incuestionable valor humano, sino también artístico, al extremo de resultar imposible separar un aspecto del otro. "(Del prólogo de José Luis Téllez)

Hay muchas maneras de preguntar por qué no hay luz. Se puede preguntar impertinentemente, como si de repente nos hubieran quitado algo que nos pertenece y reivindicásemos nuestro derecho de propiedad. Y se puede preguntar también agradecidos por el tiempo iluminado que pasamos y con la esperanza de que la luz venidera será más amplia y más intensa. Los que sabemos que antes que luz hubo negrura y olvido, que primero no fue el ser, sino el ocultamiento, los que sabemos que la vida vive huyendo del dolor, huyendo de la desesperación, huyendo de la nada, y que mientras huye vive, antes de preguntar damos las gracias.

Me emociona la lucha de Elena y Ramón por mantenerse en la luz en medio de tanta oscuridad, en medio de una noche tan cerrada que ni dejaba proyectar las sombras sobre el suelo. Digo que me emociona no porque surja en mí una efervescencia sentimental que se perderá un poco más tarde cuando, después de cerrar las páginas del libro, vuelva a mi vida cotidiana. Me emociona porque me permite tomar clara conciencia del milagro de la vida, es decir, del amor, que surge sin causa ni consecuencia, sin principio ni final, sin motivo, sin porqué. Los físicos nos tratarán de convencer de que todo fue el resultado de los átomos y sus movimientos, y los psicólogos analizarán los procesos mentales que originaron aquellos comportamientos, y los neurólogos describirán el mapa de las corrientes nerviosas que activaron los músculos y los huesos. Creo que Elena y Ramón hacían algo menos pretencioso, más pequeño, más humano: huían del dolor y buscaban calor y acomodo. Me emociona la ausencia de orden y concierto en la vida que brota, como la mala hierba, entre las grietas del asfalto. Sí, el amor de entonces era como la mala hierba.

Y se hizo la luz. Fue el día en que Ramón tomó conciencia de que no era posible reparar las fracturas, ni siquiera las de su propio cuerpo. Volvía para abandonarse en la vida que bullía en la juventud de Elena. (Juan Antonio Valor Yébenes. Facultad de Filosofía. Universidad Complutense de Madrid)

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